Mengana
A veces me duermo en las paredes,
las rayo, las pinto, y soy muchas mujeres,
algunas ilusas dibujan tu boca,
y otras se encargan de romper las hojas.
- ¿por qué no ser también una mengana? -
¿?
Submit
Párrafos redactados para resumirte lo ocurrido.
Era contigo que soñaba: intercambiábamos besos. Sutilmente recorrían nuestras manos nuestros cuerpos. Entrelazábamos caricias y silencios. Desperté. Súbitamente. El tiempo galopaba inmóvil hacia el infinito: las tres. Pretendí retomar el sueño pero a mi izquierda percibí la proximidad de un cuerpo cuya presencia reconocí de inmediato. Me volví: mis manos confirmaron lo que había intuido. Con lentitud, prosiguieron por la erguida redondez de tus pechos. Como detallándoles, recorrieron los rasgos de tu rostro, los tensos caminos de tus muslos, la sinuosa rigidez de tu cadera. Partícipes de un compartido ritual te despojé de una tenue bata rosada que obstaculizaba algunos de nuestros movimientos. Mi pijama fucsia quedó abrazada a ella en anticipada entrega mutua. Luego, penetré tu cuerpo con el mío, hasta que entre ambos se interpuso el cansancio. Quedé dormido.
La persistente claridad me obligó a abrir los ojos: las ocho. Te busqué a mi alrededor. El único rastro de tu extinta presencia era la bata rosada, adormecida a un lado de mi almohada. Te llamé. Ansioso. No recibí respuesta. Me levanté. En cada una de las dependencias de la casa busqué y rebusqué algún otro indicio de tu pasada permanencia: por todo hallazgo, el silencio. Una serie de dudas acometió mi búsqueda. Como si así pudiese descifrarlas, me senté en la sala a mirar por la ventana. ¿Realmente estuviste aquí anoche? ¿Por qué no te sentí llegar hasta mi cama? Es más, ¿cómo entraste si sólo yo tengo llave? Otra cosa: en la tarde habíamos hablado por teléfono, separados por más de quinientos kilómetros. Precisamente, el teléfono. Tú.Con la agitación propia de quien refiere un portento, me relataste que a las tres de la madrugada te despertó mi respiración. Que encendiste la lámpara en tu mesa de noche. Que al confirmar que era yo, la volviste a apagar. Que sentiste mis manos recorrerte y atraerte hacia mí. Que correspondiste mis caricias. Que te dejaste quitar una bata rosada que te cubría. Que nos entregamos hasta el cansancio. Que cuando despertaste (y acababas de hacerlo), tan sólo hallaste mi pijama fucsia hecha promontorio en el piso de tu habitación. Que me buscaste por todo tu apartamento y, al no encontrarme, decidiste llamarme.
Armando José Sequera